domingo, 27 de enero de 2019

OBJETO DEL PROCESO Y PRETENSIÓN

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MAGISTRAL CONFERENCIA DEL PROFESOR JORDI FERRER BELTRAN



CLASIFICACIÓN DE LOS PRIVILEGIOS SEGÚN EL CCB


(ESQUEMA)

Se clasifican en cuatro grados, aunque en el cuarto grado se incluyen los créditos que no tienen privilegio, los quirografarios (artículo 1.732 y ss. CCB).


En el primer grado se incluyen privilegios que se cobran en primer término, sobre el resultado de la venta de todos los bienes.

-         Si existen varios créditos privilegiados, concurren en el orden establecido por la ley.

-         Si hay varios acreedores que pertenecen a una clase, cobran a prorrata.


Créditos a los que se les da prioridad para el cobro en la venta de determinados bienes que de alguna manera, se vinculan con el origen del crédito.


Afecta todos los bienes del deudor. Cobran después de los créditos de primer y segundo grado.


Cuarta clase de créditos son los quirografarios y los preferentes por la suma que no pudieron percibir en razón de su preferencia.

ORDEN:

a)    Créditos clasificados como privilegiados

1.     Privilegio general (sobre bienes no afectados a privilegio especial, o al remanente luego de pagados estos créditos).

2.     Privilegios especiales

3.     Créditos ordinarios (bienes y derechos de la masa activa que resten una vez satisfechos los créditos contra la masa y los privilegiados)
b)    Según el CCB

1º Grado.- Privilegios generales sobre bienes muebles e inmuebles (por orden)

2º Grado.- Privilegios generales sobre bienes muebles

3º Grado.- Privilegios especiales sobre ciertos bienes muebles.

4º Grado.- Acreedores quirografarios

REGLAS:

1.     Entre acreedores de igual clase o rango, se paga a prorrata, sin tener en cuenta la fecha de su crédito.

2.     Privilegios especiales antes que los generales sobre muebles.

domingo, 2 de diciembre de 2018

EL MOLINERO Y EL REY


(Cuento tradicional alemán)

Hace 200 años vivía el rey Federico Segundo de Prusia. Federico era uno de los reyes alemanes más poderosos de su tiempo. Doscientos mil soldados formaban su ejército. Los territorios de su reino eran casi tan grandes como el territorio que ocupan El Salvador, Nicaragua y Costa Rica o la Amazonía. La capital del reino era la ciudad de Berlín.

El rey Federico tenía un palacio en las afueras de la capital. Ahí se retiraba a descansar y gozar de la tranquilidad de sus jardines y bosques. Pero desgraciadamente junto al palacio había un molino de viento. Este molino pertenecía a un señor que lo usaba para moler los granos de trigo hasta convertirlos en fina y blanca harina. Apenas soplaba el viento, comenzaban a girar las grandes aspas. Estas a su vez movían las ruedas de piedra, que comenzaban a moler; y todo junto hacía un escándalo que llegaba a muchos metros de distancia. El rey se molestaba, pues decía que con ese escándalo no podía ni pensar ni trabajar. Mucho menos descansar.

Por fin un día mandó llamar al molinero y le dijo:
- Usted comprenderá que no podemos seguir juntos en este lugar. Uno de los dos tendrá que retirarse. ¿Cuánto me puede dar usted por este palacio?

Al principio el molinero no le entendió y por eso el rey le explicó:
- Usted no tiene dinero como para comprar este palacio. Por eso será mejor que me venda su molino.

Bueno, le dijo el molinero, yo no tengo dinero como para comprarle su palacio, pero usted tampoco puede comprarme el molino. El molino no está a la venta.

El rey pensó que el molinero quería lograr un buen precio y por eso le ofreció más de lo que valía la propiedad.

Pero el molinero volvió a decir:
- El molino no está a la venta.

El rey le ofreció una asuma aún mayor. Entonces el molinero le dijo:
- No venderé el molino por ninguna suma. Aquí nací y aquí quiero morir. Yo recibí este molino de mis padres y quiero dejárselo a mis hijos para que vivan al amparo de las bendiciones de sus antepasados.

El rey perdió la paciencia. De mal talante le dijo:
- Hombre, no sea terco. Yo no tengo por qué seguir alegando con usted. Si no quiere hacer un trato que le conviene, llamaré a unos entendidos para que digan cuánto vale en realidad ese molino viejo. Eso será entonces lo que se le pagará a usted y mandaré arrancar esa máquina.

Tranquilamente el molinero se sonrió y le contestó a Federico:
- Eso lo podrá hacer usted si no hubiera jueces en Berlín.

El rey lo contempló en silencio. Contaba la gente de aquel tiempo, que en lugar de enojarse, agradeció esas palabras. El molinero confiaba en los jueces de su reino; el molinero sabía que el rey respetaría la ley.

Federico no insistió más. El molino quedó en su lugar como un monumento a la justicia ciega. Tan ciega, que no distingue a un rico de un pobre ni a un rey poderoso de un humilde molinero. Durante 200 años llegaron personas de todas partes del mundo a visitar ese lugar y a oír la historia del molinero y el rey.

En la última guerra mundial, una bomba de las tropas enemigas destruyó tanto el palacio como el molino. Pero la historia no se olvidará.